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Recuerdos

A mis hermanos y hermanas de Beniardá

Hace casi un año ya que no estoy con vosotros y, sin embargo, vuelvo a asomarme a vuestras casas a través de este «Llibret» como hiciera a lo largo de los últimos cinco años.

Cuando lo hacía anteriormente, siempre trataba de animaros a seguir creciendo humana y cristianamente, a seguir trabajando para hacer pueblo, a seguir luchando para que la fiesta siempre fuera a más…

Este año, si bien es cierto que os diría lo mismo, también quiero hablaros de lo que ahora siento dentro de mí hacia vosotros con el mayor respeto y la más grande humildad. Son muchos los recuerdos y vivencias que se agolpan en mi mente y que quiero vayan saliendo sin preocuparme del estilo, de la forma o del concierto. Porque en realidad, así fueron cinco años de mi vida entre vosotros, gente sencilla que no entiende ni quiere entender acerca de las «categorías» y «clases sociales» en las que muchas veces los humanos clasificamos a los que nos rodean.

No sé si alguna cosa pude enseñaros que os sirviera entonces, hoy o mañana. Sin embargo, sí son muchas las que yo aprendí de vosotros.

Como hombre, aprendí que en la sencillez está la grandeza y la belleza de una persona y de un pueblo. Aprendí que es más importante escuchar que dirigir la palabra, dialogar que aburrir con huecos discursos, trabajar con tesón que planificar y no hacer. Aprendí vuestra lengua que hoy tanto amo y que uso como propia. Aprendí como ganar el tiempo «perdiéndolo» con un anciano que, sentado junto al fuego, te cuenta su vida y su historia, su dolor y su esperanza.

Como cristiano, aprendía compartir mi fe con vosotros, intentando descubrir en los acontecimientos de cada día aquellos ocultos designios de Dios que no siempre son fáciles de interpretar. Aprendí que son muchas las formas en las que podemos vivir nuestra creencia en Dios y que no sólo hay un camino para llegar a Él. Aprendí que no es mejor aquel que continuamente tiene a Dios en la boca, sino el que lo vive en su limpio corazón y lo demuestra sirviendo a sus hermanos.

Como sacerdote, también aprendí una gran virtud: la paciencia. No por correr más se llega antes; yo quería correr demasiado al principio, pero aprendí que cada cosa a su tiempo y que cada tiempo es para una cosa. Aprendí que celebrar la Eucaristía en una iglesia pobre y sencilla, pero limpia, puede ser más hermoso que el marco de una grandiosa catedral donde el incienso, la ceremonia y el canto pueden hacer que se pierda de vista lo más importante que es la oración. Aprendí que lo más grande de esta vida es hacer presente a Jesucristo y mostrarlo a los hermanos que amas y te aman.

Estos y muchos más son los recuerdos y las cosas que yo aprendí entre vosotros, hombres y mujeres que huelen a rico pan de pueblo y que saben amar y compartir todo lo que son y lo que tienen. Gracias a todos. Gracias Beniardá.

Sólo me queda deciros algo que no sé si en cinco años fui capaz de haceros comprender y que es la gran verdad de vuestra vida: Dios, nuestro Padre, os ama así como sois y Jesucristo, nuestro hermano, camina junto a vosotros; no tengáis miedo y vivid amando la vida.

JOSÉ ANTONIO
Vuestro hermano